Era la noche de Halloween y la calle Main Street estaba llena de risas, disfraces y luces colgando de los porches. Todos los niños sabían que había una casa en la que nadie se atrevía a tocar la puerta: la del número trece. Las ventanas estaban tapadas y del jardín crecían ramas secas.
Sara, valiente y curiosa, aceptó el reto de sus amigos: «Toca la puerta del número trece y vuelve con algo que pruebe que estuviste ahí». Con la linterna temblando en su mano, subió los tres escalones del porche y golpeó suavemente la puerta.
Silencio.
Golpeó otra vez.
Y entonces… la puerta se abrió sola, chirriando. Dentro, olía a polvo y a algo más… a cera derretida. La linterna iluminó una mesa con una fila de velas, cada una con una fotografía en blanco y negro. En la última vela había una foto, como si acabara de colocarse.
Sara se acercó… y se quedó sin aire. La foto mostraba a sus amigos, esperándola fuera.
Sara corrió a la puerta, pero al mirar hacia atrás, vio que una nueva vela se había encendido. Era una vela con su fotografía.
Salió corriendo de la casa, con la linterna parpadeando y el corazón a punto de estallar. Afuera, la calle estaba desierta. Ni rastro de sus amigos. Ni risas, ni luces. Solo una niebla espesa que no había estado allí antes.
—¡Chicos! —gritó.
De pronto, escuchó un susurro. Muy cerca.
—Sara, ven…
Era la voz de Ana, su mejor amiga.
Provenía del interior de la casa, pero Sara acababa de salir de allí. Se giró lentamente… y vio la puerta del número trece abierta otra vez, esperándola. Las velas ahora titilaban desde el umbral, como si quisieran atraerla.
—Ana, ¿eres tú? —preguntó avanzando un paso.
Entonces, algo se movió dentro: las fotos en la mesa comenzaron a arder una por una, sin que el fuego las consumiera del todo. Entre las llamas, las caras de sus amigos parecían moverse, gritar sin sonido.
Un escalofrío recorrió su espalda. Y fue en ese instante cuando lo vio.
En el reflejo de una ventana rota, detrás de ella… la figura alta y sin rostro, sosteniendo una vela encendida.
Sara gritó y corrió calle abajo. No paró hasta llegar a su casa. Cerró la puerta, bajó las luces y respiró hondo.
Todo parecía normal.
Hasta que vio, sobre la mesa del salón una vela encendida.
Con su foto.
Y una sombra detrás de ella… esperando que mirara. Sara retrocedió hasta chocar con la pared. La sombra detrás de ella parecía crecer, estirarse, respirar.
La llama parpadeó… y una voz suave, antigua, llenó el silencio.
—Cada año alguien debe mirar —susurró—. Y tú lo hiciste.
El aire se volvió helado. Las luces del vecindario se apagaron una por una, hasta que solo quedó aquella vela iluminando el rostro pálido de Sara. Quiso correr, pero sus piernas no respondían. La sombra avanzó.
—No era una casa abandonada —continuó la voz—. Era una puerta y tú la abriste.
Las paredes comenzaron a temblar. Por un instante, Sara vio las otras fotografías: niños, jóvenes, todos con la misma expresión de miedo. Y detrás de cada uno, la misma figura sin rostro. Ahora comprendía. Cada foto era un alma atrapada, una más para mantener la puerta cerrada.
La vela se apagó.
Al día siguiente, los niños de Main Street se reunieron en la acera.
—Dicen que anoche alguien entró al número trece —comentó uno.
—¿Y quién era? —preguntó otro.
—Una chica nueva. Sara, creo.
Rieron nerviosos, pero al caer la noche, los curiosos que se acercaron a la ventana tapiada juraron ver algo: una vela encendida sobre una mesa… y una nueva foto, todavía quemándose.
Sara sonreía sobre el papel.
Y justo detrás de ella, la sombra sin rostro vigilaba.
FIN



