Por Claudia López Vela
Imagínate tener que matar a otro ser humano y que tus lágrimas y tu sufrimiento se usen
como entretenimiento para los más adinerados. Esta es la realidad de Katniss, la
protagonista de la saga de películas Los Juegos del Hambre, y aunque esto parezca
distópico también es una realidad en nuestro mundo. Para muchos, la violencia no es
tragedia, sino un espectáculo y un negocio. Los ciudadanos, los hogares y los paisajes
devastados son solo peones en su tablero de poder y dinero.
Sin guerras, la economía basada en el miedo y la destrucción se vendría abajo. Las armas y
las empresas de seguridad tendrían que dedicarse a producir algo útil ¡cómo si eso tuviera
gracia! Los poderosos perderían su pasatiempo favorito, ver cómo la humanidad lucha
hasta la saciedad, pero sin éxito mientras ellos llenan sus bolsillos y completan sus vitrinas
de trofeos y logros.
Sin conflictos, la tecnología y la ciencia avanzaría para salvar vidas en lugar de destruirlas.
Medicinas, energías y productos sostenibles reemplazarían las bombas y las armas, pero
un mundo así no tendría el glamour del capitolio ni la adrenalina que los juegos conllevan.
La diplomacia sustituiría la guerra como herramienta de poder. Los líderes tendrían que
escuchar, negociar y cooperar, algo increíblemente aburrido para quienes se nutren del
caos.
Un mundo en paz sería tan provocador que nos enseñaría lo que siempre hemos querido
ocultar, que nuestra fascinación por el sufrimiento dice más de nosotros que cualquier
guerra. Bienvenidos a los Juegos del Hambre.



