Por Antonio O. López
El 16 de julio de 1945 de mano del proyecto Manhattan la primera bomba nuclear fue lanzada en el Campo de Misiles White Sands y tiempo después serviría como la mayor maniobra para facilitar la paz en la Segunda Guerra Mundial.
El 6 y 9 de agosto la humanidad entendió cómo la violencia también puede alcanzar la paz. La destrucción de Hiroshima y Nagasaki sirvieron de punto y final para el mayor conflicto armado al que el humano se ha enfrentado nunca.
La línea divisoria de la paz y el terror es sumamente fina. Ochenta y un años después no se ha vuelto a repetir una tensión de tal envergadura. Podría decirse que el mundo se encuentra en paz. Sin embargo, nueve son los países que cuentan con armas nucleares, y se estima que hay más de 12300 ojivas nucleares en el mundo.
Tal vez nuestra forma de ver la paz haya cambiado, y nos conformamos con que existen unos poderosos que controlan el mundo y mientras no se enfaden entre ellos todo estará bien, habrá paz.
Groenlandia no tiene importancia, ni política ni mediática, ni tampoco Venezuela. Ni los 57750 groenlandeses, ni los 31.25 millones de venezolanos, ni los 32 muertos tras la intervención de Donald Trump en el país, ni Ucrania, ni el continente africano. Nada de esto importa mientras haya “paz”.
Siempre y cuando nuestro prisma no se vea afectado, todo será estupendo, mientras podamos discutir sobre football, opinar de todo, cuales colaboradores de prensa rosa, y no parar de mirarnos el ombligo, todo será estupendo. Y no importa ni Groenlandia, ni Venezuela, ni Gaza, ni África. Importamos nosotros.



